|
Indice AI: AMR 23/26/02
Lunes, 12 agosto de 2002
Colombia
Artículo de opinión basado en la carta abierta
al presidente Álvaro Uribe Vélez
El dilema del Señor Uribe: ¿Mano firme para proteger
los derechos humanos o para desvirtuarlos?
Al asumir la Presidencia de la República de Colombia el
7 de agosto, Álvaro Uribe Vélez ha heredado la responsabilidad
de gobernar un país al borde del abismo, lacerado por casi
cuatro décadas de conflicto armado y caracterizado por índices
de violencia política en continua escalada.
Un país donde más de dos millones de personas han
sido desplazadas de sus hogares por la guerra, y donde cada día
se producen más de 20 muertes a raíz del conflicto,
en su mayoría de civiles asesinados fuera de combate.
Un país en el cual las fuerzas de seguridad, por medio de
los grupos paramilitares aliados con ellas, siguen violando sistemáticamente
los derechos fundamentales de la población en el nombre de
su lucha contra los grupos alzados en armas, los cuales a su vez
continúan amedrentando, secuestrando y asesinando a un sinnúmero
de civiles.
Un país en el cual la población se encuentra de hecho
a la merced de los actores armados, y en el cual defender los derechos
propios y de los demás es un lujo que se paga con la persecución,
el destierro y a menudo con la muerte, como demuestran los más
de 140 asesinatos y desapariciones de sindicalistas registrados
en el 2001, y las constantes amenazas, el hostigamiento y los homicidios
sufridos por los defensores de derechos humanos en el mismo período.
Ante un panorama tan complejo, al Señor Presidente se le
presenta una alternativa sencilla: adoptar finalmente las medidas
necesarias para hacer frente a la cada vez más crítica
situación de los derechos humanos en el país; o aplicar
unas políticas que privilegian una noción de seguridad
exclusivamente militar, a costa de sacrificar los derechos fundamentales
de amplios sectores de la sociedad colombiana. Asumir la responsabilidad
del estado por las violaciones de derechos humanos del presente
y del pasado, esclareciéndolas por medio de investigaciones
serias y exhaustivas; o continuar con la tradicional actitud de
los anteriores gobiernos colombianos que han intentado encubrir
constantemente esta responsabilidad, prefiriendo atacar a los individuos
que se han atrevido a denunciarla.
De eligir el primer camino, el Señor Presidente podría
contar con las recomendaciones de las Naciones Unidas y numerosos
organismos nacionales e internacionales de derechos humanos. Dichas
recomendaciones, repetidas una y otra vez, apuntan a medidas fundamentales
para acabar con la impunidad imperante que encubre las violaciones
de derechos humanos y del derecho
internacional humanitario, combatir y aislar a los grupos paramilitares
que siguen gozando del apoyo de la fuerza pública, y proteger
de forma eficaz a los defensores de los derechos humanos y a los
demás sectores vulnerables de la sociedad colombiana.
De elegir este camino, el Señor Presidente tendría
que actuar con firmeza para desmantelar los mecanismos que han garantizado
la impunidad generalizada con la cual se han saldado la inmensa
mayoría de las miles de violaciones cometidas por las fuerzas
armadas, por los grupos paramilitares que frecuentemente actúan
con su connivencia o complicidad, o por los grupos guerrilleros.
Mecanismos que se han fortalecido gracias a la persistente falta
de voluntad de las sucesivas administraciones colombianas de identificar
y enjuiciar a los responsables, y que han contribuido a crear un
terreno favorable para la comisión de más abusos en
contra de la población inerme.
Y es justamente la protección de la población civil,
y sobre todo de los sectores más expuestos al conflicto armado
y a la violencia política, entre ellos las comunidades campesinas,
indígenas y afrocolombianas, los sindicalistas, los funcionarios
municipales, los periodistas y los defensores de los derechos humanos,
que debería de ser la primera prioridad del nuevo Presidente.
De hecho, el Dr Uribe ha proclamado repetidamente que la seguridad
será la piedra angular de su actuación política.
Sin embargo, de no dar los pasos necesarios para garantizar la plena
vigencia de derechos fundamentales como el derecho a la vida, a
la integridad física, y a no ser involucrados en la guerra,
las aspiraciones del Señor Presidente a la seguridad están
destinadas a convertirse en meras quimeras.
Por lo visto de su programa, éste es un riesgo extremadamente
real, ya que todo indica que no es el rumbo de los derechos humanos
el que el Señor Presidente va a elegir, sino, al contrario,
el de la militarización y de la "mano dura" cueste
lo que cueste.
Sus planes para la creación de una milicia de un millón
de informantes en apoyo a las fuerzas armadas son una señal
clara de que, en lugar de proteger a los civiles del conflicto,
la estrategia del Señor Presidente preve una intensificación
de su participación en las hostilidades. Este proyecto conlleva
dos grandes peligros para la sociedad colombiana: Por un lado, amenaza
con socavar la seguridad de la ciudadanía, exponiéndola
a posible represalias por ambos bandos. Y por otro, presenta el
riesgo de alimentar el fenómeno del paramilitarismo, que
tuvo sus orígenes en la aprobación de legislación
que permitió la creación de estructuras civico-militares
similares en los años 60.
Como demuestran estos ejemplos, el mensaje que emerge de muchas
de las políticas anunciadas por el Dr Uribe es que no sólo
los derechos humanos no serán una prioridad en su gobierno,
sino que su sacrificio en el altar de la "seguridad" es
un precio aceptable que hay que pagar. Pero, si estas políticas
acabaran, como es de prever, por exacerbar ulteriormente la ya dramática
situación de los derechos humanos, e involucrar aún
más a la población en el conflicto, dejándola
vulnerable y desprotegida, ¿qué seguridad les puede
ofrecer a sus ciudadanos el Señor Uribe?
Susan Lee
Directora de Programa para América
Redactado originalmente en español en el Secretariado
Internacional
Fuente: Amnistía Internacional, Secretariado Internacional,
1 Easton Street, WC1X 0DW, Londres, Reino Unido
|